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Cister San Bernardo de Burgos

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13 Sep

LA LLEVARÉ AL DESIERTO Y LE HABLARÉ AL CORAZÓN

Con estas palabras del profeta Oseas quiero comenzar mi breve comentario sobre la soledad.

En nuestra sociedad actual se pondera y valora mucho la vida en grupo. Es cierto que la relación humana nos enriquece como personas y genera en nosotros unos valores morales, que nos hace sentirnos más personas.

 

En cambio a nuestra sociedad la palabra “soledad” le aterra, nadie quiere sentirse solo.

Si profundizamos y miramos esta soledad en sentido contemplativo, adquiere una riqueza impresionante y se hace necesaria para nosotros como creyentes, pues facilita nuestro encuentro personal con Dios. ¿Cómo se adquiere esta riqueza? Aprendiendo a vivir en soledad sin sentirse solo, porque nuestro corazón lo llena totalmente la presencia amorosa de Dios, “por el cual vivimos, nos movemos y existimos.”

 

Cuando dos personas se aman su mayor gozo es, estar solos para gozar de esa unión de corazones. Pues así siente el alma contemplativa y enamorada de Dios; desea y goza de estar a

solas con ese SER que llena toda su vida, eso solo lo consigue a través de una vida de desierto y soledad.

 

Pero podemos objetar. No siempre podemos disponer de una soledad física. Ciertamente ni aún la monja puede disponer siempre de esta soledad por motivos de trabajo, pero si sabemos profundizar dentro de nosotros mismos, vemos que Dios está siempre presente dentro de

nuestro propio corazón, es ahí donde podemos tener ese contacto amoroso de su presencia y unión íntima con El, solo tenemos que buscarlo dentro de nosotros mismos. Pero como es lógico es mucho más fácil contactar con Dios dentro de un espacio de soledad y desierto, procurando siempre tener soledad exterior e interior, pues podemos estar solos y nuestra mente estar llena de ruidos y cosas que impidan nuestra vivencia con Dios.

Si miramos los Evangelios. Jesús se retiraba a la soledad del desierto para orar y comunicarse

con el Padre.

 

Ahora bien. La cisterciense no se retira a la soledad para desentenderse de las necesidades y problemas del mundo, sino para orar y presentar a Dios todas esas necesidades que las hace

suyas, por ser miembros sufrientes de un mismo cuerpo cuya Cabeza es Cristo. La alabanza constante, la vida de sacrificio, la oración personal, el silencio, la vida fraterna… Todo va

encauzado como tesoro común de la Iglesia para fortalecer, ayudar y enriquecer a todos sus miembros.

 

La soledad y el silencio son muy buenas compañeras de camino. La soledad facilita el silencio exterior e interior, por el cual el alma guiada por la moción del Espíritu Santo adquiere esa presencia amorosa que llena e invade todo su ser, sintiéndose repleta de lo único verdadero y real para lo cual hemos sido creados. La posesión de Dios dentro de nuestra pobre naturaleza.

Os animo a buscar constantemente a Dios. El se hace mendigo de nuestro amor.

Que Jesús y María os acompañen en vuestro caminar.

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